Se encontraba en mitad de la calle cuando lo alcanzó la noche. Casi sin darse cuenta continuaba inmerso en sus pensamientos, aun mantenía aquel recuerdo dando vueltas en su mente. Fue para el una maravillosa tarde de otoño, aunque por otro lado, todas las tardes que la veía sonreír lo eran.
Un trueno lo despertó de su particular sueño y comenzó a llover copiosamente, tanto que los desagües comenzaban a desbordarse. Todo el mundo trataba de refugiarse bajo las cornisas de las casas, bajo aquellos enormes paraguas de colores chillones o simplemente cubriéndose con sus abrigos. Otros tantos corrían a refugiarse en cualquier bar o portal. Pero él no. Él estaba en mitad de la plaza, rodeado por gente que corría de un lado para otro mirándole c
omo si fuera un loco en mitad de aquel chaparrón. Se quedó allí, inmóvil, elevó su mirada al cielo, inclino suavemente su cabeza hacia atrás y puso su cara contra todas aquellas gotas suicidas que ansiaban estrellarse contra el suelo.
Una sonrisa se dibujó en su rostro porque la sensación de libertad era absoluta, como si estuviera en mitad de una isla desierta aun por explorar sin nadie que le dijera qué tenía que hacer, sin ataduras de ningún tipo, sin lucha, sin responsabilidades, sin nada que le hiciera recordar que vivía bajo el yugo de aquella sociedad corrupta plagada de políticos que tan solo miran por sus intereses, una sociedad llena de ratas vestidas de traje y sólo ella, sólo su sonrisa, le hacía pensar en algo mejor. Aquel pensamiento unido al constante goteo de la lluvia en su rostro, le hacían albergar alguna esperanza. Sabía que algo mejor era posible.
Poco a poco se dirigió hacia la esquina del edificio que tenía más cerca. En ella había una antigua cafetería. Él la conocía bien, allí había vivido muchos momentos inolvidables. Allí dio su primer beso repleto de pasión, allí derramó sus lágrimas sobre un tazón de chocolate caliente, allí dejó escapar sus sueños, entre las nubes de humo que emanaban, de aquellos cigarros que se consumían como lo hacían las vidas de aquellas personas con dedos amarillentos. En aquel mismo lugar, se sentía bien. Tenía las ropas empapadas, sí, es cierto, pero el fuego de su corazón lo mantenía cálido y vivo en su interior. El recuerdo de la sonrisa de ella fue suficiente combustible para que ese fuego se mantuviera vivo, al menos hasta la próxima vez que pudiera verla sonreír.
Autor: Xelaoy



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