Este texto pertenece al gran Julio Cortazar, un escritor del que he de confesar no he leido demasiado pero sí alguna joyita como aquel "Historias de cronopios y de famas". Este texto lo he queriro colocar aquí porque me recuerda a los típicos cursos aquellos de escritura creativa, técnicas para hablar en público o para ser un buen orador. Se puede trabajar la pronunciación, la entonación, interpretación, creatividad... Por eso siempre me ha encantado este fragmento.

Hecha la explicación os propongo un juego:

Hay que coger un lapicero, bolígrafo o similar y ponerselo en la boca como si fueramos un perro mordiendo el hueso. Bien, ¿ya lo tienes? Ok, ahora con el texto delante empieza a leer en voz alta tratando de mantener el boligrafo en la boca (sigue mordiendo y tratando de leer en voz alta). Seguro que hablas peor que la duquesa de Alba con un ataque de dislexia, pero no te preocupes, ahora repite lo mismo sin el bolígrafo. ¿Notas alguna diferencia? Seguro que sí.

Así es, ahí tienes un simple ejercicio para que aprendas a vocalizar. Puedes dejar aquí tu comentario del resultado obtenido o bien comentar lo que a ti te sugiere este texto. Os dejo ahora con el fragmento en cuestión:

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.