Aun recuerdo la primera vez que llegué a aquella clase. Todo parecía diferente. Un aula amplia, iluminada por aquellos grandes ventanales, las paredes desnudas, sin tableros, ni posters ni las típicas pintadas que solían tener a final de curso. Y aquel suelo que desde el primer momento me cautivó, no sé muy bien si por su color o por aquellas extrañas figuras que formaban las baldosas.

Desde el principio me sentí cómodo allí aunque hubiera sido más feliz en la primera fila. A mí me tocó ocupar uno de los lugares más alejados de la pizarra. Pero no me preocupé demasiado pues a mi alrededor tenía más compañeros y compañeras con los que pasaría mucho tiempo dentro de aquella clase.

Teníamos varios profesores y los fui conociendo poco a poco. Doña Fina era la profe de matemáticas, yo no sé cómo lo hacía pero era capaz de resolver una ecuación en el tiempo que un alumno tardaba en hacer un globo con el chicle de la boca. Cuando explotaba ella siempre se giraba y le echaba la bronca a quien hubiera sido. Don Jordi era el profe de educación física, y aunque yo nunca asistía a sus clases, los niños comentaban que se partían de la risa cuando intentaba enseñarles a dar un volatín, porque siempre se quedaba boca arriba sobre la colchoneta como un escarabajo que no puede voltearse. Eran varios los profesores que completaban aquel curso y en general todos me caían más o menos bien.

El curso fue avanzando entre libros que olían a nuevo, cuadernos con demasiadas hojas y bolígrafos cuya tinta parecía no gastarse nunca.

Y el tiempo fue pasando. Los libros comenzaban a estar garabateados con caricaturas, corazones y algún que otro dibujillo surrealista, los cuadernos se iban quedando sin hojas y los bolígrafos sin sangre de colores con la que seguir escribiendo.

Fue precisamente durante aquel otoño cuando todo cambió. Hasta el momento me creí uno más entre el resto, no me sentía especial ni mucho menos, simplemente me agradaba poder cumplir con mi cometido como un componente más de aquella clase. En los recreos me encantaba quedarme en clase disfrutando de aquel silencio mientras del patio llegaban los gritos de los niños jugando a la pelota. Tal vez por eso no me di cuenta de lo que estaba a punto de suceder.

Fueron 3 niños, de un curso superior. Estudiaban justamente dos clases más allá aunque compartíamos pasillo. Entraron a nuestra clase y parecían tener las cosas muy claras, pues comenzaron a romper todo lo que encontraban en su camino. Al principio no se percataron de mi presencia y yo permanecía allí, inmóvil, no sabía qué hacer. Los libros volaban por el aire, las tizas rasgaban el silencio con un silbido hasta estamparse contra los cristales de las ventanas, los cuadernos iban perdiendo hojas como un viejo árbol en otoño, volcaron el contenido de la papelera en mitad de la clase. Me dio lástima ver aquel suelo que tanto me gustaba repleto de basura. Y de repente sucedió. Sentí en mis extremidades inferiores un golpe seco, algo crujió y el dolor entonces fue intenso, no tanto como el dolor que sentí ante la impotencia de no poder hacer ni decir nada. Siguieron golpeándome, dándome patadas, me arañaron, tiraron al suelo y me empujaron contra la pared. Empecé a tener mucho miedo, no sabía si podría aguantar más golpes, pero no podía llorar, ni gritar, ni pedir auxilio, pasaron por mi cabeza miles de momentos y recordé aquel bosque donde nací, la casa del lago, el aroma a tierra húmeda y el dulce sabor de la lluvia de primavera. Creí por un instante estar allí cuando de repente se hizo el silencio. Los golpes cesaron. El panorama era desolador. Ni siquiera quedaba en pie aquel cartel que puso en la pared Don Aurelio, nuestro tutor, hablando de normas de comportamiento dentro y fuera de la clase.

Los valientes escaparon corriendo, como el enemigo que dispara por la espalda y huye. No quedaba allí nada más que el dolor y la tristeza que yo mismo sentía, por los golpes que había recibido y sobre todo por las caras que estaban a punto de poner los chicos y chicas tras volver del recreo.

¡Qué iluso fui! Pensaba que todos eran como los muchachos de mi clase, nunca se metieron conmigo, me trataban bien, era para ellos uno más y compartíamos juntos sueños, ilusiones, fantasías, lágrimas que a veces me empapaban hasta el alma, dibujos, algún que otro chicle o caramelos y confidencias de chicos y chicas hablando de primeros amores.

Si hubiera sido humano... probablemente hubiera hecho lo mismo, practicar la envidia como deporte, odiar a los demás sólo por no ser como yo, utilizar asiduamente palabras como pegar, maltratar, insultar y no siendo suficientes las palabras convertirlas también en hechos. Si hubiera sido humano hubiera sido terriblemente egoísta y buscaría siempre el bien propio sin importarme en absoluto los que me rodean. Si fuera humano ¿robaría? ¿violaría? ¿abusaría del poder? ¿engañaría?

Si hubiera sido humano, quién sabe si nunca hubiera cortado el árbol con el que fabricaron a este viejo y roto pupitre de madera, que desde este sótano repleto de ausencia añora el calor, la luz y la compañía de aquella clase de secundaria.

Si hubiera sido humano, creo que hubiese vuelto una y otra vez a esa clase, a pesar de los golpes, de los obstáculos, de las adversidades, y hubiese vuelto no para vengarme, para guardar rencor o para odiar eternamente, hubiese vuelto para olvidar, para empezar de cero, para enseñar y sobre todo para aprender. Como alguien dijo en una ocasión "Por la ignorancia se desciende a la servidumbre, por la educación se asciende a la libertad".

Si hubiera sido humano, tal vez nunca hubiera escrito esto ¿o tal vez si?

Autor: Xelaoy